Sin duda alguna, el monumento conocido como La Cabeza de Juárez constituye un punto de referencia para los habitantes de la Delegación Iztapalapa de la Ciudad de México, así como un descanso visual que contrasta con las deslavadas unidades habitacionales Ejército de Oriente y División del Norte.
El 21 de marzo de 1976 fue inaugurada esta obra, cuyos trabajos civiles corrieron a cargo del arquitecto Lorenzo Carrasco. En ese entonces el proyectista diseñó un basamento hueco en forma de arco, encargado de sostener un mezanine
. Encima de éste descansa la cabeza del prócer, de 13 metros de altura, por nueve de ancho y seis toneladas de peso. Para dar forma al cráneo y rostro de Benito Juárez los constructores utilizaron láminas de acero, varilla, alambrón y placas metálicas.
Los muros laterales del basamento iban a ser pintados por David Alfaro Siqueiros; sin embargo, su precario estado de salud y posterior muerte impidieron la realización del proyecto. Ante la situación, las autoridades encomendaron los trabajos a Luis Arenal, uno de los fundadores del Taller de la Gráfica Popular.
Por mucho tiempo este coloso
de Oriente permaneció en el abandono, al grado que terminó como un sitio inhóspito que era nido de delincuentes. Incluso, la extinta Dirección Federal de Seguridad (DFS) empleó el recinto para torturar a sus detenidos, pues sus puertas de acero impedían que salieran los ruidos.
A finales de los noventa se puso en marcha el proyecto "Alameda Cabeza de Juárez". El sitio dejó de ser sombrío, pues los árboles, el alumbrado público y el enrejado le dieron un toque fresco y luminoso. Es más, en 2000 el interior comenzó a funcionar como museo.